LA PRUEBA DEL NUEVE


 

VICTORIA

LA PRUEBA DEL NUEVE

Victoria Trigo Bello- PRIMER PREMIO

No habrá viaje

sin billete para la aventura

ni mochila para el azar.

No habrá viaje si vas

pero te olvidas de ir

Orense, nueve del nueve del nueve. Nueve de la mañana. Llevo escrita en la

cara la noche de tren. El tren, un piano de hierro. La mochila en mi espalda, el

estómago sin hallar hora ni lugar que le interese para desayunar. Las piernas

perezosas, imantadas al duermevela de los paisajes de ventanilla que he visto

amanecer. Ya he memorizado la información para salir de la ciudad, sin dejarme

prender del encanto de sus piedras y sus termas. Las piedras y las termas existieron el

año pasado, cuando él estaba conmigo. Ahora viajo sola para escapar. Escapar de

nueve años. En cinco días llegaré a Santiago. En cuatro más, a la Costa da Morte.

Nueve etapas. Tengo que ir a la izquierda de la estación. Subir una escalera, siempre

de muchos peldaños para al inicio de una jornada. Cruzar sobre un puente que deja

atrás la ciudad. Por fin una flecha amarilla, casi oculta entre maleza. Una calle

secundaria -muy secundaria-, con locales que van de lo precario a lo suburbial. Y

comienza una ascensión que me despierta del todo mientras el sudor me confirma

que sobran kilos de porsiacasos en la mochila. El sol se pega a mi frente en la

sucesión de curvas que van ganando la batalla a la pendiente. No sé por qué, me

acuerdo del tren que me ha conducido hasta Orense desde Zaragoza. Un tren-hotel

que nace cada tarde en Barcelona para desembocar en Vigo. Me detengo para tomar

algo de fruta y unas almendras. Leo algunas líneas escritas al amor de la nocturnidad

ferroviaria: El tren está de tormenta y se lleva mal con los carriles. La soledad pesa

mucho y los poemas se asustan. Quisiera escribir en tu tacto, decir tu nombre y

dibujar tu rostro al pronunciarlo. Quisiera que no fuera tan grande esta cabina sin ti.

Hace mucho calor cuando llego al albergue de Cea. El corazón de ámbar que

llevo al cuello se me antoja una brasa. Me lo regaló muy al principio de lo nuestro. Es

lo único que conservo de él. Una ducha, una lata de sardinas, lavar la ropa, reposar.

Luego, cena con pan de miga morena, manjar ideal para acompañar una ración de

pulpo.

A la mañana siguiente, hacia Castro-Dozón, hilando núcleos con más hórreos

que vecinos, resurgen todas las etapas que hicimos juntos desde Sevilla, todos los

pueblos, todos los momentos. Resurgen las dehesas, la sed profunda, los bares al

mediodía y sus manantiales de cerveza con gaseosa. Resurgen los dolores de

hombros, la pereza, el cansancio. Resurgen los soles y las sombras. Todo resurge en

vano con tu ausencia. Y conforme se disipa esa niebla de meigas vuelven los paisajes

del pasado, los irrepetibles. Han vuelto para pedir que camines por ellos. Han vuelto

los silencios de decirnos nuestros para siempre, muchísimo, yo también, las miradas,

los senderos. Han vuelto, pero aquí estoy yo sola, con este latido amarillo en mi

pecho que se acurruca ante la grandiosidad de Oseira. Y luego las aldeas diminutas,

alguna con nombre tan largo que casi se diluye en la calle única: Carballedina. Y una

fuente con un jarro para el caminante. Y me gustaría trenzar el agua, hacer un marco

de aire para este segundo, guardar las piedras que acogen mi huella invisible y

construir con ellas un edén que no te añore. Pero si eso ocurriera, quizás no fuera yo

quien pisara pasado mañana la plaza del Obradoiro. Quizás fuera una mujer sin

lágrimas, sin besos dados ni recibidos. Quizás entonces el corazón no fuera de ámbar

sino de hierro.

Sin embargo, cuando llego a Santiago las vieiras doradas del suelo me dicen

que se aproxima el momento de ver el paraíso sin ansiar compartirlo, ese momento

de levar anclas y entender mis pasos sin los tuyos. Quizás se aproxime el momento de

asumir no hay camino de regreso.

A partir de Olveiroa, la travesía reclama océano. La mochila es un duende

marino a mi espalda. La certeza golpea con insistencia: fuiste mentira, pero fuiste.

Perdonarte es una alfombra que alivia la fragua de mis botas. Allá abajo el verde se

convierte en azul efímero. Quizás llueva. El gris gana terreno. Alguien me hace una

fotografía. Me siento una ermitaña de interior con pasaje para un escenario de algas y

redes. Corcubión es un yunque donde martillea un aguacero. Mi capa pluvial me

convierte en una jorobada de plástico. Pero cuando llego a Fisterra, el sol triunfa y

con él mi expectativa de ir por la tarde al faro, a buscar mi fin del mundo.

Y es cierto que allí termina el mundo. Termina cada día para gestar su

reiterada resurrección. Para que llegue lo nuevo, ha de morir lo viejo. Y en ese

incendio de olas doradas donde se zambulle el ojo solar, arranco hojas de mi agenda,

tacho números de teléfono y hago mi prueba del nueve. Sí, es correcta la operación

realizada para desplegar las alas y recuperar al cisne.

El corazón de ámbar se ha liberado de su cordel y se ha perdido en el

acantilado.

LA PRUEBA DEL NUEVE

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Charla: MÁS ALLÁ DE SANTIAGO.- EL CAMINO HECHO MAR Presenta: Victoria Trigo, escritora y viajera.


 

 

Fecha: 15-06-2017

 

 

Después de haber llegado a pie a Santiago de Compostela, tras haber cubierto la Vía de la Plata -desde Sevilla- y el Camino Sanabrés, Victoria Trigo prolongó en 2009 el recorrido hasta la Costa da Morte, un territorio que ya conoció en el año 2002 cuando se produjo la catástrofe del Prestige.

Las etapas que hoy presenta le inspiraron el relato LA PRUEBA DEL NUEVE, con el que en 2014 obtuvo el Primer Premio del VI Concurso Internacional Relatos de Mujeres Viajeras organizado por Ediciones Casiopea.