VIENA: TIERRA DE MELÓMANOS


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Viajo con mucho tiempo a Barcelona, de esta forma puedo moverme más tranquilo en el traslado hasta el aeropuerto; resulta más engorroso que el de Barajas en Madrid.

A Viena, capital de Austria se accede en un vuelo relativamente corto en el tiempo. Sobrevuelo la costa mediterránea francesa, los Alpes, el norte de Italia y aterrizo ya de noche, un par de horas más en tren y metro y ya estoy abriendo la puerta de mi habitación en un hotel algo apartado del centro de esta ciudad con 1.700.000 habitantes que pasó de ser una urbe provinciana y oscura a lucir cierto esplendor como capital imperial y con una importante calidad de vida, he leído que la mayor del mundo… no pongo ninguna objeción a esta afirmación. Se respira el arte del buen vivir en un ambiente de opulencia y sensualidad. Una capital de grandes mansiones y palacios construidos para la burguesía y la aristocracia. La historia de esta ciudad está ligada a numerosos compositores, hayan nacido en ella o no: Mahler, Mozart, Beethoven, Schubert. Sigmun Freud, vivió y estudió en Viena durante cincuenta años.

Mi nueva mañana aparece fría, de color gris plomizo y, así estará todo el día. Adquiero un bono transporte para varios días, de esta forma me puedo mover de forma indiscriminada, en bus, suburbano, tranvía… Mi primera visión se produce en la plaza de San Esteban y su catedral de estilo  gótico-barroco; su techo se compone de más de un millón de coloridas tejas vidriadas.

Comienzo a callejear, hace frío, no he sido previsor y en mi cuerpo escasea la ropa, enseguida me encuentro frente al palacio Imperial, sede de los defenestrados Salzburgo, el último de ellos: Carlos, le propusieron abdicar, pero éste se negó, así que le obligaron a hacer las maletas y exiliarse con su familia; a los treinta y cinco años murió en la isla de Madeira.

Regreso al palacio… el cual contiene dos mil quinientas habitaciones, en ellas se han instalado museos, bibliotecas… Algunas estancias están dedicadas  a la famosa emperatriz Sisí; ella murió a manos de un anarquista italiano, éste le atravesó el corazón con una finísima lima.

Continuo mi peregrinar por palacios, museos (hay más de cien), iglesias (casi todas son católicas). Debo decir que existe un alto porcentaje de ateos. En casi todos los edificios religiosos se celebran a diario conciertos de música clásica. Para eso estamos en la capital más melómana del mundo.

Los precios de los museos no son nada económicos, declino entrar, salvo en un par de ellos que me atraen. El Mumok es uno de los elegidos, su singular y vanguardista arquitectura me seduce. Arte de primera, fuera de lo común, innovador, lo nunca visto. No me canso de repetirlo, los museos clásicos no me seducen demasiado, bajo mi punto de vista están superados.

Veo a numerosos grupos de turistas organizados con un guía que se desgañita en explicarles la grandeza de la ciudad en la que nos encontramos.

Los últimos diez días he sufrido una faringitis. Mi viaje comenzó con el problema casi curado, pero este gélido vientecillo que azota mi garganta en cada esquina parece que me está complicando la salud. Tendré que actuar en consecuencia. He leído que las sopas vienesas son nutritivas y contundentes, aunque hay algo que va en contra de ellas (según mis gustos), las condimentan con leche o hígado de ternera; así que cierro los ojos y entro en un restaurante y me bebo una acompañada de un plato de sabrosos macarrones. Después me introduzco en un café, son la esencia de Viena, muchos de ellos mantienen un gran atractivo, pido un té y recupero casi por completo mi energía.

Me encuentro en zona universitaria. Me sorprende un grandioso palacio de piedra ennegrecida por la humedad, aquí se está celebrando una feria dedicada a los juegos de ordenador; hay cientos de jóvenes austriacos  participando de ella.

Aterido y algo cansado decido amortizar mi bono de transporte… me subo a un tranvía que me saca de la ciudad, luego a otro… y a otro…, así conozco algunos barrios periféricos, que no suburbios degradados. Se ven muchos emigrantes, Viena, Austria… siempre ha sido muy solidaria  y acogedora. Existen muchos asilados políticos de distintas procedencias, principalmente de Irán, Chile y Argentina, de este último país llego a conocer a uno que trabaja de revisor en un tren de cercanías. Hay un dato importante, el veinte por ciento de la población pertenece a Turquía, Serbia y Croacia.

Llevo más de dos horas subiendo y bajando de los tranvías vieneses, la red de este medio de comunicación es importante. Tras comerme una salchicha (también este es el país de las susodichas salchichas) decido entrar a otro café. Hay algo que no he contado antes, estos lugares también se utilizan para reunirse y leer, son lugares tranquilos, mientras tomas una tarta de chocolate Sacher con un excelente licor del mismo producto extraído del cacao. Una curiosidad: En el café Mozart se inspiró Graham Greene para escribir el guión del Tercer Hombre y cuya versión cinematográfica también se rodó en Viena.

Esta mañana, al comenzar mi periplo por la ciudad noté un cierto olor a caballos, pero no conseguía ver a ninguno…, ahora están por todos los lados, con sus carros transportando a turistas muy abrigados; los animales también llevan puestas una especie de orejeras para evitar el frío; al trotar por las calles se puede escuchar los sonidos de sus cascos  chocar contra los centenarios adoquines. Estos vehículos coexisten perfectamente con los ciclistas, los autobuses y los tranvías. El tráfico privado es muy escaso.

Inicio el día con menos frío, incluso hace sol. La jornada se irá calentando poco a poco. Me comentan que el palacio de verano de los emperadores se encuentra cerca del hotel donde me hospedo. Es el segundo palacio más importante de Viena, así que tras hacer un par de averiguaciones me encamino hacia allí. Sus jardines son un orgullo para los ciudadanos y lugar de asueto para los días festivos. Su nombre es impronunciable: Schonbrunn. Tras abonar un buen puñado de euros me dejan recorrerlo durante una hora. Recibo una importante dosis de las “virtudes” monárquicas a través de salones infinitos, mostrándome la relajada vida de la nobleza europea. Por estas habitaciones se han paseado personajes y personajillos como Sisí, Kruschev, Kennedy, Mozart, Napoleón y los guillotinados monarcas franceses.

Debido a mi disminuida salud, el cansancio aparece antes. Salgo de este mundo de excesos y lujos para recorrer una mínima parte de los jardines y bosques que lo rodean. Los perezosos nobles “descansaban” entre los árboles y animales que llenan estos espacios. Aquí pasaban las temporadas estivales.

Hoy es sábado y se celebra un rastro, un mercadillo, en él se venden productos agrícolas, frutas sobre todo, pero también ropa y otros objetos y antiguallas como cuadros, libros, monedas… Me fijo en los edificios que me rodean, su arquitectura es deslumbrante, así es en toda la ciudad: armoniosa, equilibrada, nada rompe con el entorno. Salvo en los extrarradios no se ven edificios modernos de gran altura.

Mi siguiente paso es, y ¡cómo no! el Danubio, un  río de gran importancia en el mundo, navegable en gran parte de su curso. El metro me deja en una isla con mucha personalidad, le da aún más majestuosidad al río. Todo está muy tranquilo, más que un sábado parece la tarde de un domingo. Realizo una parada técnica para tomar algo en una cafetería de estilo norteamericano domiciliada en un barrio residencial y burgués.

Sigo caminando hacia un parque de atracciones que me indica el mapa. Observo como en la orilla del río abundan las barcazas convertidas en bares, también existe alguna playa artificial. Muy cerca se encuentran los barrios vinícolas. Viena es la ciudad que cuenta con los mayores viñedos en su término municipal. Los austriacos aman la cerveza, al igual que los alemanes, pero no descartan nunca el buen vino. Atravieso un parque, veo hamacas colgadas de los árboles, es la primera vez que veo algo igual en un espacio verde público. A pesar de ser otoño, los ciudadanos aprovechan el día festivo y el poco sol para disfrutar de sus numerosas y cuidadas zonas verdes. El parque de atracciones me sorprende, alcanzo a ver aparatos que nunca antes los había visto, aunque reconozco que no soy un admirador de estos lugares.

Subo a otro tren subterráneo, ya son unos cuantos. Quiero conocer el “gasómetro”. Es total…, auténtico de veras, está atardeciendo y se produce una luz especial que se refleja en los ladrillos rojos de la antigua fábrica de gas, ahora restaurada y reconvertida en un gran centro comercial, también alberga viviendas; a la vez… se han construido en sus cercanías algunos edificios de estilo vanguardista que compiten en belleza con este noble y antiguo edificio. A pesar de mi agotamiento, estoy contento por descubrir semejante joya arquitectónica; no exagero si digo que es un lugar emblemático.

La siguiente etapa es la iglesia de San Carlos Borromeo, un lugar apreciado por los vieneses. Me llevo una grata sorpresa nada más salir del metro, en un par de horas comenzará un espectáculo de luz y sonido sobre el contorno del edificio, una copia menor de la iglesia de San Pedro de Roma en el Vaticano. No me queda otra que esperar. Me someto  al abrigo de un bar paquistaní y así aprovecho para poner al día mi cuaderno de viajes. Estoy otra vez frente al admirado centro religioso, ahí está… señorial como ningún otro, entonces escucho una información en alemán y, claro… no comprendo absolutamente nada. Una hora después de la hora anunciada en principio, da comienzo la exhibición; ya no necesito preguntar qué habían dicho antes por  megafonía. La espera la doy por bien empleada. Aunque en alguna ocasión había visto algo parecido, para nada es comparable. Una demostración del poder tecnológico en todas sus dimensiones. Hacen lo que quieren con el edificio, lo modifican, lo destruyen, lo vuelven a crear, lo pintan de colores, a cuadros, a rayas…, es increíble, un regalo para todos los sentidos, y todo envuelto en un manto musical, sonidos electrónicos producidos por un DJ. Observo el rostro de las personas que me rodean,  mantienen sus ojos con una expresión de sincera sorpresa… todos estamos emocionados.

Vaya tarde de sensaciones. Todavía guardo en mi mente la imagen del gasómetro, durante una irrepetible puesta del sol y, ahora este “milagro” en San Carlos Borromeo.

Mis piernas se doblan. De mi garganta casi mejor no digo nada. Necesito un metro rápido para regresar al hotel. Ha sido excesivo. Sentado en el vagón del suburbano casi vacío reflexiono sobre todo lo sucedido durante el día para no olvidar nada y así poder anotar todo.

Esta tarde baje a unos urinarios públicos en mitad de una avenida, todo estaba vacío y muy limpio, la decoración pertenecía a la época de los Salzburgo, las cabinas de madera invitaban a sentarse, un entorno atractivo… La ciudad es muy cara, un ejemplo: un té cuesta tres euros, el triple que en España. La habitación donde duermo tiene también un precio tres veces mayor, comparándola con otra de la misma categoría.

Hace ya muchos años se produjo en Viena un gran debate político, del cual nació la socialdemocracia. Es un hecho muy relevante, debemos tener en cuenta que esta ideología se extendió por todo el mundo, muchos partidos y gobiernos se apoyaron en la misma.

Los inviernos son muy fríos, hay que tener en cuenta que los Alpes están cercanos. Al igual que en Alemania, el color negro es sin duda alguna el preferido para vestirse, los austriacos son primos hermanos. A los hombres los encuentro algo más lánguidos, pero no a las mujeres, también son atléticas.

Por la calle es fácil  encontrase con jóvenes de estética punk, raperos, góticos, incluso skins con indumentaria nazi. En todos los lugares que visito me encuentro con turistas orientales, principalmente coreanos.

Hoy es domingo, son las siete de la mañana, las calles están vacías. He debido madrugar, voy a escuchar a los Cantores de Viena y no tengo ticket. Una vez llena la Capilla Real donde cantan, dejan pasar a las personas que no tienen entrada, eso sí… de pie y en la parte trasera del local. Contra todo pronóstico debo superar todo un oficio religioso dominical, una ceremonia en latín, inglés y alemán para poder escuchar a los populares niños. Tuve que esperar una hora larga en la fría calle, en medio de un helador patio de piedra. Tengo mis dudas si merece la pena tanto sacrificio para escuchar unas dulces voces cantando en latín.

Y ahora… el palacio de Belvedere, el último, y como en todos: jardines, estanques, salones de mármol, espejos en los rincones, techos de donde cuelgan monstruosas lámparas de carísimo vidrio. Fue la residencia de verano de Eugenio de Saboya; ahora es una pinacoteca que alberga gran parte de la obra del pintor austriaco Gustav Kimt, también cuelgan sus cuadros algunos pintores impresionistas como Van Gogh.

Debo tomar el tren que me llevará al aeropuerto para regresar a Barcelona. En su sala de espera me encuentro con un conocido que también ha estado estos días en la capital austriaca, él es un melómano, desde luego no puede haber otro lugar mejor para escuchar música clásica.

Austria… qué lejos está de España, económicamente y socialmente. Un país sin problemas de empleo, ni financieros, sin deuda, sin fraude. Muchos jóvenes españoles están emigrando hacia estas tierras; parece que vuelven los años sesenta.

Vuelo sobre un mar de nubes cuando una azafata con pantalones vaqueros me ofrece algo para beber, le pido una coca-cola y un té con limón, estoy servido… seguro que no concilio el sueño en dos o tres noches, es lo único que me faltaba. Llevo un tiempo que tengo problemas para dormir.

Hay algo que me preocupa, el vuelo partió de Viena con una hora de  retraso y, tendré el tiempo justo para cruzar Barcelona hasta la estación de autobuses con destino a Zaragoza. Mi cuerpo se encuentra bajo mínimos, menos mal que mi equipaje es escaso.

Juan José Maicas

 

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