Diario de Bulgaria 5: Bajo las hayas de Rila


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Diario de Bulgaria 5: Bajo las hayas de Rila‏

Socio Trotas chema serrano montero

 

 

 

 

 

 

Uno a veces se pregunta si tiene
un ángel de la guarda trabajando para él. No es la primera vez que me
ocurre que cuando se tuercen las cosas puede ser que haya un plan mejor
esperándome  y lo que se me aparecía como un inconveniente termine
por convertirse en un acierto.

El cambio de planes en nuestro
viaje parece responder a esto. Realmente creo que el no haber ido a Bansko
finalmente nos dio la oportunidad de disfrutar de otros lugares que de otra
forma no podríamos haber visitado o al menos no durante todo el tiempo
necesario.

Sofia resultó ser una ciudad encantadora. Al principio el tráfico era caótico y
la enorme ciudad parecía interminable. Nuestro autobús enfiló por avenidas
rectas e interminables para acabar en un laberinto de pequeñas calles que
conducían a la estación central de autobuses. Cuando los edificios lo permitían
veíamos las cercanas montañas del Parque Nacional Vithosa, situadas a apenas 30
kilómetros. Sus cumbres más altas alcanzan los 2.900 metros de altura. Los
habitantes de Sofía son grandes aficionados al esquí ya que la estación más
cercana está a apenas media hora de coche y además hay un teleférico que sube
directamente a las pistas desde uno de los barrios. Se ahorran gasolina y
alojamiento por lo que tan sólo pagan el forfait. Me contaron que salen de
trabajar a mediodía y se van a esquiar un par de horas por la tarde. Más fácil
imposible.
 
 No sé exactamente los habitantes que tiene esta ciudad, porque unos dicen
que un millón y medio y otros que dos millones. Qué más da. Viene a ser una
ciudad del tamaño de Barcelona (sin su área metropolitana, claro).

Como no tenía una idea
preconcebida de lo que me iba a encontrar, me ocurrió exactamente lo mismo que
cuando visité Bucarest por primera vez, que me encontré una ciudad mucho más
animada e interesante de lo que me podía imaginar desde mi desconocimiento.
Tuvimos suerte y encontramos un pequeño hotel con mucho encanto en pleno corazón
de la ciudad, aunque en una pequeña calle apartada del bullicio del tráfico de
las grandes arterias. Salías a la calle y en apenas dos minutos estabas en
pleno centro de Sofía.

A pesar de venir de una ciudad de considerable tamaño como Plovdiv, Sofia te transmitía
la sensación de estar en una gran ciudad por la amplitud de sus avenidas, el
continuo trasiego de gentes y la variedad y diversidad de su arquitectura.
Pero a pesar de su tamaño, Sofía tiene una gran ventaja sobre otras
grandes ciudades y es su accesibilidad. En apenas dos horas de recorrido puedes
pasar por delante de sus monumentos más representativos. Uno tras otro se van
sucediendo en un agradable paseo a pie.

Encontramos grandes edificios
gubernamentales, el parlamento y ministerios con una inconfundible estética
soviética pero con gran encanto arquitectónico. Tras pasar una de las
catedrales encontramos una plaza en obras. A un lado un enorme edificio blanco
con gigantescas columnas que evoca al Kremlin. En la columna que remata el
edificio hoy ondea la bandera búlgara, pero hace apenas 19 años lo
que aquí había era una gran estrella roja de 5 puntas, el símbolo
soviético. Al otro lado de la plaza una gran estatua de lo que recuerda a una
versión moderna de la Marianne francesa se alza donde hasta hace pocos años
había una estatua de Lenin de 24 metros de altura. Imaginaros el aspecto tan
soviético que tenía esta plaza hace tan pocos años. Para rematar esa
atmósfera hemos llegado justo a una hora en punto y podemos presenciar la
ceremonia del cambio de guardia. Tres soldados vestidos de gala y con cara de
pocos amigos, portando bayonetas y con gorros de piel rematados por una larga
pluma desfilan dando lentos y largos pasos golpeando fuertemente sus botas
contra el suelo.
Justo al lado, la mezquita y una sinagoga nos hablan de la pluralidad religiosa
de este país mayormente ortodoxo. Los vivos colores de las flores compiten con
el colorido de la fachada bizantina del bonito edificio de los baños
públicos. Originariamente eran las termas romanas y hasta hace apenas dos meses
eran los baños termales de la ciudad. Pero ahora están cerrados a falta de
inversores. Una pena, quizás la próxima vez que venga ya estén en
funcionamiento y pueda darme un lujito de maharajá en este bonito lugar. En un
lateral del edificio, hay toda una batería de fuentes termales y multitud
de gente espera con sus garrafas para llevarse esta agua medicinal a sus casas.
Sale vapor de los grifos, toco el agua, está muy caliente, la pruebo, es muy
fina de sabor y no tiene gusto extraño. Todo un lujo para los habitantes
de esta ciudad tener toda el agua medicinal que quieran y gratis. No concibo
esto en España, aquí seguro que la cobrarían bien cobrada.

Un poquito más allá hay una
pequeña iglesia, casi escondida y con apariencia de ser muy poquita cosa. En
realidad es una cripta que acoge los restos de los bizantinos, esqueletos
que llevan durmiendo 1500 años en este rincón ahora rodeado de grandes avenidas
y catenaria de tranvías. 

El teatro de la opera se haya
ubicado en una bonita plaza, con una fuente muy agradable. Unos jubilados tocan
música de aires latinos para sacarse un dinerillo que ayude a complementar sus
escasas pensiones. La trompeta ataca un solo con impresionante poderío, son muy
buenos. Es parte de la herencia soviética, en estos países hay multitud de
buenos músicos pues era parte de los pilares educacionales del régimen. Otra
parte de la herencia podemos verla en las mesitas que abundan en estas plazas.
Grupos de jubilados se enzarzan en interminables partidas de ajedrez callejero.
Aquí en vez de jugar a las cartas se juega al ajedrez. Por la noche esta plaza
se llena con la imparable moda del botellón. Se está de lujo aquí y nos
sentamos en un banco a disfrutar del ambiente. Una columna de la plaza se ha
convertido en improvisado homenaje a Michael Jackson y está forrada con fotos
del cantante, mensajes, velas y ramos de flores ya secas.

Seguimos por otra calle y de
repente nos encontramos con una bandera española. Es el Instituto Cervantes de
Sofía. Nos hace bastante gracia encontrarnos estos escaparates con grandes
anuncios en español. Uno de los escaparates está dedicado a Vargas Llosa y su
premio Nobel, todos sus libros están expuestos. Otro escaparate anuncia las
actividades culturales del instituto. Hace apenas una semana estuvo tocando
Kepa Junquera y la próxima semana estará Tomatito y nosotros ya no estaremos
aquí….qué pena.
Atravesamos por amplios pasos subterráneos las intersecciones de las grandes
avenidas. Son muy curiosos porque están llenos de tiendas, bares y MacDonals
que se ubican entre los restos de lo que fue esta ciudad. Los restos romanos y
los bizantinos se superponen en estos pasos subterráneos. La sucesión de
ciudades antiguas duermen enterradas bajo la ciudad moderna.

Al doblar una esquina nos
encontramos con una hermosa iglesia. Es la iglesia rusa y sus dorados domos con
forma de cebolla rasgan el cielo azul devolviendo los destellos del sol. Es
pequeña de tamaño pero grande de belleza, otro más de los bonitos
descubrimientos que vamos realizando mientras callejeamos.

Seguimos y nos encontramos con lo
que era el palacio del zar, un palacio de estilo francés con tejados de pizarra
negra y fachadas amarillas. Está rodeado por un pavimento de
adoquines  color amarillo y una forma curiosa. Luego más tarde alguien me
contó la historia de este pavimento. Resulta que uno de los zares era muy
amiguete de los príncipes del imperio austrohúngaro de turno y que estos venían
mucho de visita. Pero resulta que el palacio estaba en una zona sin pavimentar 
y aquí llueve mucho y claro, siempre que venían acababan manchados de barro.
Entonces decidieron regalarle al zar el pavimento y como símbolo de amistad y
prosperidad mandaron fabricar los adoquines de color amarillo y con forma
de lingote de oro. Eso era lo que nos había llamado la atención aunque no
supiéramos el por qué.

Bueno y para no enrollarme mucho
más os hablaré de la joya de la corona: la catedral ortodoxa de Alexander
Nevski. Situada detrás del palacio del zar resulta impresionante cuando te
la encuentras. Una cascada de cúpulas verdes por todos sus flancos se
superpone y alojan el gran domo central. Los muros blancos llenos de arcos
contrastan con el verde y las dimensiones de la catedral la hacen magnífica. A
mí me recordaba muchísimo al estilo de la Gran Mezquita Azul de Estambul y
seguramente sus cascadas de cúpulas están inspiradas en ella. Tiene el honor de
ser el último gran edificio religioso del mundo construido enteramente sin
utilizar el acero. Se terminó de construir en 1920. La verdad es que es
realmente bonita y armoniosa.

Y  vale ya de hablar de
monumentos, aunque no quiero acabar de contaros sobre los monumentos de Sofia
sin hablar de los otros grandes monumentos, esos tan abundantes que te vas
encontrando a lo largo y ancho del país: sus mujeres.  La verdad es
que impresiona la enorme cantidad de hermosas mujeres que ves por la calle.
Exuberantes eslavas de bellos ojos, largas cabelleras de todos los colores y
curvas de vértigo, enfundadas en ceñidos vaqueros y ajustados vestidos, rematados
por altas botas de tacón. Las mujeres búlgaras además de muy guapas tienen
mucho estilo para vestir y qué queréis que os diga…. solteros del mundo,
venid a Bulgaria que ligar no sé si ligaréis, pero vais a disfrutar
muchísimo con la vista. Este pequeño país tan solo tiene ocho millones de
habitantes, pero qué concentración de bellezones…

 
Al día siguiente partimos hacia uno de los destinos obligados del país, el
monasterio de Rila. Este pequeño monasterio es el lugar más sagrado de toda
Bulgaria y está emplazado en el espectacular Parque Nacional de las
Montañas de Rila. Por fin íbamos a salir de las ciudades, tenía muchas ganas de
ver el paisaje rural y las montañas. En principio íbamos a estar un día allí,
haríamos noche y el último día visitaríamos el Parque Nacional de Vitosha, las
montañas que se extienden a las afueras de Sofía.
El autobús empezó a subir por las carreteras, íbamos ganando altura poco a poco
y los pintorescos pueblecillos iban surgiendo como setas durante el camino, en
las laderas boscosas y en los prados soleados. Hacía un día estupendo, casi
primaveral. Después de la última parada en el pueblo de Rila, el autobús
comenzó a internarse en un bosque espeso y maravilloso. Íbamos de lado a lado
del autobús para asomarnos por las ventanillas pues a cada curva aparecían
auténticas postales. El bosque estaba impresionante, el otoño aquí estaba en
todo su esplendor, las llamaradas de colores de los árboles competían en
belleza unos contra otros. La hoja no se había caído todavía y las laderas
parecían la paleta de un pintor.

El dorado rojizo de las hayas se
imponía, manchas verdes de coniferas sobresalían aquí y allá con su típica
forma cónica, el amarillo de sauces y abedules rompía la continuidad del dorado
y manchas rosáceas de serbales y escaramujos salpicaban por todas partes. El
espectáculo era tremendo. Hacía años que no veía tanto colorido en un bosque,
creo que desde el primer otoño en que fui a Selva de Oza, cuando tuve la suerte
de llegar en el momento justo, cuando aún los vientos no habían arrancado las
hojas de los árboles. 
En cuanto bajamos del autobús y pusimos el pie en el suelo, los dos supimos que
no iríamos a las montañas de Vithosa. Acabábamos de llegar a un paraíso y ¿para
qué íbamos a ir a buscar otro sitio cuando Rila tenía tanto que ofrecer? La
decisión fue instantánea. Sólo había un problema, Paqui se había venido sin un
sólo cigarrillo y tanto ella como yo somos grandes fumadores. Yo me había
venido con el tabaco justo para el día que iba a estar aquí. Paqui había
confiado en comprar tabaco aquí, pero eso resultaba imposible pues apenas había
un hotel, un restaurante, dos tenderetes de recuerdos y en ninguno de estos
sitios vendían tabaco.

Tendríamos que racionar muy mucho
el tabaco que yo había traído para poder fumar los dos y estirarlo todavía más
para poder quedarnos otro día porque ¿cómo íbamos a dejar que el tabaco nos
hiciera cambiar de planes ahora que habíamos llegado a un lugar como este? No
sé si fue la magia del lugar o el trabajo de mentalización que hicimos, pero lo
conseguimos sin gran esfuerzo y aún nos sobraron tres cigarros que nos fumamos
dos días más tarde cuando llegamos de vuelta a Sofía.

Una vez resuelta esta cuestión
nos fuimos al único hotel que había en el lugar, la agria recepcionista nos
guió por un laberinto de escaleras y nos mostró nuestra habitación, parecía
sacada del propio monasterio, básica y espartana, pintada de blanco y con
dos sobrias camas monásticas. Menos mal que las vistas eran tremendas y
compensaban ampliamente lo sencillo de la habitación, pues además ahora que
habían cambiado la hora anochecía a las seis de la tarde y allí había poco que
hacer. Nos esperaban dos días de auténtico monasterio, gracias que nos habíamos
llevado lectura.

 
El monasterio en sí, era bastante bonito aunque no espectacular. Una iglesia se
alzaba en medio del patio empedrado. Sus cúpulas se recortaban sobre las
montañas, su interior estaba cubierto por frescos bizantinos de arriba abajo,
cúpulas, columnas y muros estaban completamente pintados. La tenue luz se
filtraba por unos pequeños tragaluces y las velitas de los devotos y unas
vetustas lámparas ortodoxas ponían el resto de la escasa iluminación.

En el exterior un pasillo
porticado recorría el perímetro de la iglesia y al igual que el interior estaba
completamente pintado con frescos de estilo bizantino, aunque estos de colores
mucho más brillantes y luminosos que los del interior. Los arcos estaban
rematados con cenefas de franjas blancas y negras.  Las celdas de los
monjes formaban el muro exterior que rodeaba el patio, como un enorme bloque de
apartamentos de tres pisos de altura, llenos de escaleras de madera y toda la
fachada estaba decorado con arcos de tres niveles, todos ellos con sus cenefas
blancas y negras que me hacían recordar la mezquita de Córdoba. Era un lugar
especial y de vez en cuando veíamos algún monje paseando por el lugar, con
sus vestimentas negras, su gorrito cilíndrico también negro y sus espesas y
largas barbas normalmente blancas.
Pero lo realmente espectacular era el emplazamiento. Durante los dos siguientes
días nos dedicamos a recorrer el bosque, siguiendo el río, viendo las truchas
que habitan en sus pozas, encontrando grupos de caballos entre las praderas y
disfrutando de pisar las espesas alfombras de hojas doradas. Cuando levantabas
la vista a las copas de los árboles, aunque no hacía viento había una lluvia
constante de hojas que caían al suelo, para descomponerse en humus y seguir
alimentando este maravilloso bosque. En el suelo los hongos se afanaban en acelerar
el proceso de descomposición, y las ardillas, pájaros carpinteros y aves
cantoras llenaban los espacios vacíos con sus sonidos. Todo estaba bien, todo
estaba en paz.

Aguas abajo encontramos dos
pequeñas piscifactorías encargadas de proporcionar las ricas truchas que luego
devoraban los búlgaros. Era lo que pedían casi todos en el único restaurante
que había en el lugar. La verdad es que les encanta el pescado de río y en casi
todas las cartas de los restaurantes podías ver que ofertaban carpas, percas,
lucioperca y siluro. En fin, que yo para pescarlas bien, pero comerme esos
pescados de río como que no.

 
Y todo llega a su fin, y nuestro viaje no iba a ser menos. Habían sido dos
semanas estupendas, recorriendo el país, viendo el inmenso patrimonio que
alberga este país ocupado por tan distintas civilizaciones. Nos habíamos
asomado al Mar Negro y habíamos recorrido un bosque maravilloso, estuvimos
sentados en un anfiteatro romano y subido a la colina de los Tracios. Habíamos
visto nevar y nos habíamos emocionado con los cánticos ortodoxos en una iglesia
de Burgas. Cogimos conchas en la playa y atravesamos la frontera en un coche
con desconocidos. Vimos a los pelícanos y bailado junto a los búlgaros en una
mejana. Pero ahora tocaba volver a casa.
Y me dio mucha pena tener que despedirme de Paqui, a ninguno de los dos nos
gustaban las despedidas. Un sencillo "hablamos" fue lo que le dije
antes de salir del aeropuerto a buscar el autobús que me traería a Zaragoza.
Miré hacia atrás, la vi alejarse por las escaleras mecánicas en busca del metro
que la llevaría a casa.
 Adiós compañera, adiós Bulgaria.

 

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