Diario de Bulgaria 1: El otoño del este


        
Diario de Bulgaria 1: El otoño del este‏

Socio Trotas chema serrano montero

De:

chema serrano montero

Enviado:

martes, 26 de octubre de 2010
21:12:56

 

 

 
El aeropuerto Baneasa de Bucarest ya no tenía mucho secreto para mí. Sabia que
en las afueras esperaban decenas de timadores, ganchos de hoteles caros y
malos, taxistas piratas sin escrúpulos y aunque alguno me siguió dándome la
brasa para que me fuera con ellos, yo seguí recto sin hacerles ni caso. Había
decidido ir a la ciudad en autobús urbano y cuando iba a cruzar la autopista
para llegar a la parada un taxista con cara de bonachón me ofreció un precio
muy bueno al que no me pude resistir, por llevarme a la ciudad.
  La noche era fría y atravesamos el Arco del Triunfo que engalana
esta parte  de la ciudad. El paisaje urbano me era muy conocido, hacia
apenas 3 meses que había estado aquí. Fui directo al Magic Grand hotel para
encontrarme con mi compañera de viaje, Paqui, que había llegado 12 horas
antes procedente de Madrid y sabia que no le hacia mucha gracia pasar el día
allí sola, me lo había dicho en las largas conversaciones telefónicas que
habíamos tenido antes de volar aquí. A ella la habían dejado colgada una semana
antes, pensaba irse a Camboya y su compi de viaje desapareció de repente. Luego
contacto conmigo y en un par de días se decidió a cambiar de destino y venirse
a Bulgaria y ahora nos íbamos a conocer en persona.
    Se alegro mucho de verme pues no había tenido muy buen día.
Yo también me alegre mucho porque apenas una semana antes mi plan era viajar en
solitario, y la verdad, no me apetecía demasiado pues aunque esta vez el viaje
solo duraría dos semanas, quizás seria demasiado tiempo para estar solo si no
conseguía comunicarme regularmente con los paisanos. En fin, que me alegre
mucho de no tener que venirme solo y hacerlo con alguien con quien había
bastante afinidad.
   El centro de  Bucarest estaba muy animado a pesar del
frío reinante. La plaza Unirii con sus múltiples y enormes pantallas luminosas
sobre las paredes de grandes centros comerciales te llevaba a un paisaje
futurista, una mezcla de Tokio y de Picadilly Circus.
    Multitud de gente bajaba a la zona de Lipscani a cenar y a
salir de copas. Un desfile de cuerpazos embutidos en ceñidas vestimentas y
sobre altos taconazos iba de aquí para allá. Largas cabelleras rubias como el
platino frente a pelos azabaches. Dios, pero que guapas y tremendas están
las mujeres de Bucarest.
     Intentamos averiguar a que hora salía el autobús que
llevaba a Bulgaria, pero nadie sabia decirnos. Si que dimos con el sitio, pues
es un parking frente al hotel Horoskope en plaza Unirii. Pero cada vez que
alguien sabia de la existencia de este autobús te decía una hora distinta que
el anterior, por lo que no sacamos nada en claro. El domingo por la mañana
volvimos a intentarlo y al final tuvimos que desistir pues la gente solo
conseguía confundirnos más con los horarios. Nos presentaríamos allí el lunes y
que fuese lo que fuese, luego nos enteramos de que también teníamos la
posibilidad de cruzar la frontera en tren, en el expreso que une Bucarest con
Estambul. O sea que por lo menos teníamos un plan B.
    El domingo lo dedicamos a recorrer Bucarest, el Palacio del
Parlamento, que es el segundo edificio mas grande del mundo después del
Pentágono, construido por el dictador Caucescu que después moriría en la
revolución que se levanto contra el y que devolvería a Rumania a la democracia
tras caer el Telón de acero. Vimos monasterios ortodoxos, con sus frescos
bizantinos en los muros, con su colección de extraños personajes desde los
sacerdotes con grandes barbas vestidos de negro, hasta las señoras con el
cabello cubierto por pañuelos que se arrodillan y no paran de hacer las
genuflexiones ortodoxas.

   Paseamos por los
grandes y exuberantes parques de Bucarest, con enormes lagos que cuando llega
el invierno se congelan y se llenan de patinadores sobre hielo. Los verdes
parques que tanto me habían gustado este verano pasado ahora estaban en su
momento mas glorioso, el otoño los había tocado con su dedo, y el verde se había
convertido en multitud de tonos amarillos, marrones, rojizos, rosáceos. Era un
enorme placer pasear por allí. A diferencia de lo que se hace en nuestros
parques, allí no se recogen las hojas del suelo y una espesa alfombra de
hojarasca cubre el césped dando la impresiona de que estas paseando por un
bosque. Muchísima gente paseaba por allí y las barcas recorrían el gran lago,
los patinadores iban de allá para acá todavía sobre el asfalto, esperando a que
el frío les permita cambiar las ruedas de sus patines por las cuchillas para el
hielo. Cuando llegaban bandadas de pájaros a los árboles había que tener
cuidado, porque hacían caer multitud de grandes avellanas que se estrellaban
contra el suelo como piedras, con el consiguiente peligro para tu cabeza. Un
ecuatoriano tocaba en el parque (si, parecía una continuación de las fiestas
del Pilar) y un montón de chicas rumanas cantaban las canciones en perfecto
español y además bailaban al unísono una coreografía seguramente sacada del
canal telenovela en español. Era una cosa rara y bastante divertida. El humo de
asadores y barbacoas se mezclaba con la neblina que traía la caída del sol.

    Como la noche
no era excesivamente fría hasta nos atrevimos a cenar en una terraza al igual
que hacen ellos. Se notaba menos movimiento que la noche anterior pero aun así
los bares de copas estaban llenos de gente que cantaba y bailaba sin pensar que
al día siguiente tendrían que ir a trabajar.

     Los
parques de Bucarest tienen mucha vida en otoño.

    

 

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