LA CIUDAD DE BARRO


LA CIUDAD DE BARRO

 

Timbuctú, otro nombre más para referirse a esta ciudad, hay muchos… casi tantos como caminos que se dirigen a Toumbouctou, aquí tenemos otro más.

Sin embargo los primeros exploradores que la buscaron, les resulto difícil encontrarla. A alguno de ellos incluso le alcanzó la muerte antes de hallarla. Y esto se debe a que la mayoría de ellos la persiguieron surcando el río Níger, y si bien está muy cerca de sus orillas, a tan solo diez kilómetros, estos intrépidos viajeros no daban con la ciudad, pues desde el cauce del río no se alcanza a divisar ni siquiera las torres más altas de sus mezquitas de barro.

            Después de un largo y caluroso viaje en un vehículo sin aire acondicionado, con las ventanas abiertas, campo a través, así como lo lees, pues la carretera, prácticamente ha desaparecido por falta de mantenimiento, atravesando zonas de dunas y arbustos; esquivando  vacas moribundas y otros animales famélicos, llegué al Níger, que con la ayuda de un trasbordador lo vadeé. Un río que cuando se desborda aísla a Tombuctú durante semanas, también sucede todo lo contrario… durante las sequías es imposible llegar hasta ella en pinaza.. Muchos viajeros lo hacen desde el puerto fluvial de  Mopti.

Las leyendas e historias que hablan de esta ciudad de barro y arena darían para disfrutar de interminables noches, durante muchas semanas. Escuchándolas de labios de sus ocupantes, de los tuaregs o los hombres azules, de los beréberes, árabes y otras étnias y razas que hicieron posible años atrás que esta urbe fuera un cruce de caminos, de rutas de extraordinaria importancia, un lugar de intercambio, de mercadeo, donde la sal, el oro o el agua eran sus principales productos. Un lugar floreciente que acumulaba mucha riqueza cultural y comercial. Un lugar a tener en cuenta por su importante universidad, su biblioteca y otros centros de  sumo interés.

            Del Tombuctú actual podemos leer cosas como que es un lugar lleno de brasas, de arenas calientes quemándote la piel, de tuaregs mal encarados que han abandonado el nomadismo y parece que se encuentran en tierra de nadie. Casi todos sobreviven gracias a la ayuda internacional.

Cuando azota el Harmattan, la temida tormenta de viento y arena, nadie puede quedar a la intemperie. Durante varios días se instala el infierno. Y, meses después, un polvo amarillo en suspensión se convertirá en el principal enemigo de todos, este acabará invadiendo hasta los alimentos; cubriendo todas las superficies con un manto de fina arena.

Es verdad…, quizás por eso muy pocos viajeros se atreven o deciden alcanzar la ciudad de adobe. También es cierto, que difícilmente se podría considerar a alguien como un auténtico viajero sino ha  estado nunca pisando la arena y las aguas fecales que discurren por sus calles. Así lo piensan muchos aventureros organizados.

Me resulta muy difícil calificar de alguna forma mi viaje a Tombuctú. Mantengo sensaciones encontradas, experiencias contradictorias. No puedo calificarlo de positivo, tampoco de negativo. Es verdad que difícilmente alcanzare a ver en otro lugar la extrema pobreza que habita en sus extrarradios, a sentir su intenso calor, a sorprenderme de ciertas miradas fulminantes desde la oscuridad de sus moradas construidas con agua y arena. Y en el lado contrario…que difícil será ver otro ocaso como el vivido desde lo alto de una de sus dunas, mientras los hombres que se encontraban a mi lado oraban con gran entrega a su Dios musulmán, agachados, besando la arena que pisaban. Todo dentro de una atmósfera mágica, parecía una escena sacada de un texto con grafía árabe. Y esas intensas vibraciones, sino escalofríos que sentí al recorrer sus estrechas callejuelas de día o de noche y observar unas costumbres, una forma de vida tan distinta a la mía y que nunca me atreveré a comparar.

            Los habitantes de Tombuctú son los arquitectos de su ciudad. Durante la noche edifican en sueños como será su casa. Luego amasan montañas de arena y agua, y ayudados por un molde fabrican cientos de adobes que dejaran secar durante semanas. Una vez hecho realidad su sueño le añadirán una capa de barro para cubrir los artesanos ladrillos. Podría narrar decenas de anécdotas, que debería colocar en ambos lados de la balanza. Debo decir, ya para terminar que nunca me arrepentiré de haber cruzado en un día asfixiante del mes de julio africano el río Níger para llegar hasta Tombuctú: La ciudad de barro.

           

 Juan J. Maicas

————————————————————————————————————————————
http://www.lulu.com/ropavieja
http://www.viajeros.com/ropavieja

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s