Crónicas de Tailandia 15: De vuelta a tierra firme‏


Crónicas de Tailandia 15: De vuelta a tierra firme‏

El cielo negro se apoderaba de las montanas boscosas. Allá a lo lejos se veían blancas cortinas de agua cayendo y por la dirección que llevamos nos va a coger de lleno. La lancha rápida donde viajamos va botando constantemente como si atravesáramos una carretera llena de baches a toda velocidad. La lluvia nos alcanza, y a estas velocidades las gotas de agua golpean nuestra cara cual si fueran pequeños proyectiles. Toda la gente de la cubierta corre a refugiarse bajo techo. Estamos llegando a tierra firme, a lo lejos se ven las montanas bajo las cuales se aloja el puerto de Pak Bara. Es un puerto con mucha actividad pesquera, la flota esta amarrada y podemos ver estos extraños pesqueros con sus baterías de luces y su estilo oriental. En la otra orilla, docenas de casas de zinc se apoyan sobre pilotes en mitad de la ría. Ha habido inundaciones un poquito más al sur, en Hat Yai, si empieza a llover de nuevo, como parece ser que será, quizás los habitantes de estas construcciones corran peligro.
 
    Los días en Ko Lipe han sido magnificos, hemos buceado varias horas al día, porque si sus playas y colinas revestidas de jungla nos parecían encantadoras, los fondos marinos superan con creces el espectáculo de la superficie. La arquitectura del coral es increíble, hemos estado en la capilla sixtina del coral. La naturaleza ha derrochado aquí toda su imaginación creando un impresionante mundo de formas y colores de una variedad infinita. Ayer cogimos una barca y nos fuimos a pasear por algunas de las 51 islas que forman el Parque Nacional Marítimo de Ko Tarutao, y estuvimos en algunas zonas, que realmente me hicieron sentir una experiencia casi mística. Los inmensos e intricados laberintos coralinos, con todo su espacio lleno de vida, llegaban prácticamente hasta la superficie. En algunas zonas había que ir con mucho cuidado, pues entre la punta de los corales y la superficie solo cabía mi cuerpo y las largas espinas del tipo de erizos marinos que hay por estas latitudes. Nada que ver con los erizos marinos que conocemos en España. Estos tienen unas largas y afiladísimas púas de unos 20 cms. de longitud sobresaliendo sobre su extraña boca cónica de color rojo y rodeada de puntos blancos.
    Entre los recovecos de las diversas láminas de corales planos, la vida bulle, esta llena de anémonas, crustáceos y los surrealistas peces juegan al laberinto.  Otras formaciones dejan enanas las anteriores formaciones que tan grandes me parecieron en Ko Lanta. Aquí hay autenticas montanas de coral, de 10 o 15 metros de altura, unas piramidales con toda su parafernalia de agujas y lóbulos, otros son inmensas bolas, casi esferas perfectas, de varios metros de diámetro y llenas de millones de pequeños alvéolos de colores. Casi parece un paisaje de otro mundo. Y se extiende durante kilómetros y kilómetros. Ojala sepamos conservar estas maravillas, es un mundo tan frágil….
    En las islas desiertas donde arribamos ayer, a pesar de estar donde están, las corrientes marinas habían dejado mucha basura. Era sorprendente. Llegabas y veías unas playas impresionantes, de blanco reluciente, con el mar esmeralda rodeándolas, llenas de manglares y con impenetrables junglas. Eran las islas de Robinsón Crusoe, auténticos paraísos perdidos, llenas de monos y extrañas aves y mariposas. Estabas en las playas vírgenes, te volvías, dabas 3 pasos y entrabas en unas oscuras junglas pobladas de todo tipo de sonidos animales. Entre la hojarasca del bosque había miles de grandes conchas marinas semienterradas. Todo un paraíso, el anuncio de Fa hecho realidad, y sin embargo, si empezabas a mirar mejor veías botellas, chancletas de niños, trozos de tubería, jirones de redes, bolsas y toda clase de desperdicios. Era imposible que hubieran llegado allí con la gente, no esa clase de basuras, estas sin dudas las había traído el mar hasta estas costas vírgenes. Toda una pena. La situación se repetía en otras islas. Nos olvidamos de nuestras basuras, algunos incluso pasan de reciclar, se creen que cuando la tiras desaparece como por arte de magia, pero no, aquí estaba la prueba de que todo eso vuelve a nosotros, y lo que es peor, al mar, que no tiene la culpa de que seamos tan cerdos.


   La vida en la isla es muy tranquila. La gente, los Chao Lah, pasan el día en familia, atendiendo relajadamente sus negocios, entre gallinas y patos. Los niños juegan libres, entre árboles y arroyos. Realmente el paraíso existe. 

 

Chema Serrano Montero

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