Crónicas de Tailandia 6: El ferrocarril del Infierno‏


Crónicas de Tailandia 6: El ferrocarril del Infierno‏

El run run del trencito mece nuestros cuerpos todavía medio dormidos. En cuanto dejamos Kanchanaburi, las calles llenas de motos y coches, de comercios, de vendedores ambulantes y extraños artilugios de transporte fueron sustituidos por los campos de arroz que se aferraban a la vía del tren, como queriendo recuperar el espacio que hasta no hace mucho fue suyo.

 
      Las ondulantes montanas cubiertas de jungla hasta sus cimas rompían el horizonte de la mañana, y el tren atravesaba cortes en las rocas y vetustos puentes de madera y acero que salvaban los cortes sobre el río Kwai. Esos cortes y esos puentes, esos raíles que tantas vidas humanas costaron.

 
     Parece mentira que esto hace apenas 60 años  fuera el infierno, en realidad esta línea de  tren ha sido bautizada como el Ferrocarril del Infierno, pues las sombras que proyectaban en las rocas los prisioneros iluminados por los faroles en la noche, hacían recordar a las almas en el infierno. Hoy, 60 años después, esto poco tiene que ver con aquella situación. En vez de campos de concentración, vemos cultivos de plátanos, arroz y ricino. Los pueblos que vamos atravesando conservan todo su encanto y tranquilidad propios de estas latitudes.  Hemos cogido el tren por puro gusto de viajar en tren, solo la curiosidad de ver un poco mas nos mueve, el gusto de viajar en tren a ninguna parte, al final de las vías. Y eso hacemos.

 
     Al llegar a Nam Tok, final de línea, el calor es abrasador (esto si que es un infierno) y como no tenemos intención de ir a las cascadas del no muy lejano parque nacional de Erewan, nos dedicamos a deambular por el pueblo y alrededores y subimos a una cueva. Espero que esta vez no haya pulgas, ja,ja,ja… No hay mucho que ver y hablamos con un monje (este de los de verdad) hasta que llega la hora de salida del tren de vuelta. Esta vez nos toca un tren más desvencijado y tártaro, y el sonido de su traqueteo es ensordecedor. Los asientos y el suelo de madera nos hacen trasladarnos al pasado, y el hecho de que viajes con las ventanas y puertas abiertas le da un encanto especial que en España hace muchos años que perdimos (recuerdo nuestros primeros viajes en el Canfranero). Es ensordecedor, pero puedes hacer lo que quieras en el tren. Me gusta ponerme en la puerta abierta que separa los vagones y contemplar como el paisaje desfila a toda velocidad frente a mí.

 
 
      Viernes 21

 
     Dejamos Kanchanaburi. He visto las postales de los famosos mercados flotantes tailandeses. En la guía apenas habla de ellos. Miro las postales y veo que la ciudad en la que se encuentra solo sale en los mapas de la guía, pero no hace ni un comentario sobre ella. Se la han dejado fuera.

     Hoy vamos a explorar, llegaremos hasta allí a ver que da de si. Tomamos el autobús que conduce hasta Ratchaburi, que es donde supuestamente esta el mercado flotante y allí nos enteramos de que en realidad tampoco esta allí, sino a 25 Km. y para ir tenemos que tomar un furgón pick-up. Es decir un transporte colectivo donde la gente sube y baja en cualquier punto de la carretera. Nos toma casi hora y media hacer los 25 Km. pero la verdad es que lo pasamos muy bien. Por aquí no se ven turistas y eso se nota. La gente nos mira con curiosidad y bromean sobre nosotros. Hay muy buen rollo. La conductora de la camioneta flipa con los pelos de mis brazos. Claro, es que ellos apenas tienen vello en el cuerpo. La moda imperante aquí es estar blanco de piel y para ello se tapan casi completamente y en vez de bronceadores utilizan cremas blanqueadoras. El mundo al reves.
 
    Por fin llegamos a la ciudad (tiene un nombre raro, raro, raro y ahora no recuerdo como es). No podría ni indicar en un mapa donde estoy ahora exactamente, pero vamos un poco en el culo del mundo. Bueno, aquí no hemos visto ni un turista ni medio en todo el día. La oficina de información turística estaba cerrada y nos hemos orientado por las indicaciones de un policía. Menos mal que Alberto habla un poco de Thai, porque aquí de inglés, nada de nada. Al final hemos encontrado un hotel (me siento como los pioneros de Lonely Planet, viajando sin saber a donde vas, ni que vas a encontrar, que tiempos aquellos…) porque solo debe haber 2 o 3 en la ciudad. Es para verlo, ja,ja,ja… increible. No hay nadie, estamos completamente solos aquí. Es enorme, parece un hospital, o una escuela y tiene cierto aire de hotel soviético.  Las habitaciones súper espaciosas y por cuatro perras. En fin, una maravilla.

 
    Las dificultades empiezan a la hora de comer, pues aquí no hay nada donde medianamente adaptado a lo occidental para comer, pero no importa, estamos acostumbrados ya a la comida Thai de verdad (la que abrasa la boca) y nos adaptaremos.

 
    Pasear por las calles es un deleite. Todo el mundo nos mira, bromean, se sorprenden y algunos que balbucean un poquito de inglés se acercan a intentar hablar con nosotros. Los niños nos saludan y nos dicen Hello, y si les contestas saw wadi kap los tíos se ríen que no veas. Es increíble lo que puede hacer que un sitio no salga en la guía. Es como si no existiera para los turistas y permanece virgen o casi. Porque no nos engañemos, seguro que mañana en el mercado flotante veremos alguno o quizás muchos, pero no hoy.

    Por la tarde paseamos por mercados auténticos y por calles llenas de canales. Esto parece Venecia. Con sus calles fluviales y las barcas aparcadas en las puertas de las casas. Gente amabilísima que se desvive por indicarte lo que les preguntas y un encanto especial. Esto promete. Mañana veremos el mercado en su esplendor antes de internarnos en la península de Malaca, hacia el sur, para en encontrar nuestro destino. La isla de Ko Tao.
 
    Hasta pronto, besos. Perdonad que escriba un poco en plan telegrama, pero aquí cierran prontísimo el cibercafe y tengo que correr para contároslo. No se cuando volveré a pillar un ciber y tenia que vaciar un poquito mi cabeza para dejar sitio a nuevos recuerdos. Otro día más. Besos

 

Chema Serrano Montero

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