Bolivia a la desesperada


Bolivia a la desesperada

 

            Comienza un viaje tan esperado como deseado. Hace poco más de un año me asomé a las tierras de este hermoso país desde la otra orilla del lago Titicaca en tierras peruanas y ante un altar de ceremonias de los indios quechuas en lo más alto de la isla Amantaní, adquirí el compromiso de viajar a Bolivia en cuanto las circunstancias me lo permitieran.

Mientras realizó los engorrosos trámites  aduaneros, en mi cabeza se mezclan emociones y sentimientos que están por venir, con los ya sucedidos meses atrás en las preparativos de esta nueva singladura. Todo se comprenderá mejor si decides seguir leyendo estas palabras desbocadas que me salen a borbotones.

El primer paisaje se pinta de aguajos, polleras, sombreros bolivianos y tranzas negras. De indígenas aguerridos, dueños de la tierra como afirma Eduardo Galeano.

En la ciudad de Santa Cruz comenzó la brecha social en un ya atormentado país, se convocó un referéndum ilegal contra un gobierno legítimo con el objeto de separarse del resto de la nación, “defendiendo” así los privilegios de una minoría selecta y ultraconservadora, me gustaría añadir más calificativos. Es así de sencillo, esta zona del país contiene una riqueza extraordinaria: “más no la quedamos nosotros los oligarcas para mangonearla a nuestro antojo”, y a la inmensa mayoría del país, que casualidad… es indígena, que se repartan la miseria.

Estas sucias maniobras políticas de alguna manera me intranquilizaron, porque pensando de forma egoísta, ponían en peligro mi viaje; los intentos separatistas provocaban un enfrentamiento civil y violento. Qué duda cabe, Bolivia está viviendo una gran efervescencia política, su revolución.

Este viaje me muestra todas señales de un viaje a la desesperada. La situación política del país se ha ido agravando conforme se acercaba el día de mi partida. La violencia, los muertos, los bloqueos. La rebelión de una parte del país irrespetuosa con el juego democrático y bajo una consigna: “tumbar al indio”, que no es otro que Evo Morales, legitimo ganador de las últimas elecciones, de todas las consultas realizadas bajo sufragio universal. Estos graves sucesos me cambiaban el ánimo… ¿Debo comenzar el viaje? Pero… más adelante me entretendré en estos hechos. Merecen un capítulo aparte.

Intento abstraerme con la música de Led Zeppelín de mi MP3 cuando este pájaro de hierro intenta despegar, con éxito, de la superficie rugosa del aeropuerto madrileño. Pero siempre una azafata impertinente, celosa de sus obligaciones me hace apagar mi “aparato electrónico”, así lo llama. Las normas aéreas de aviación no lo permiten.

El avión rebotó dos veces: Santa Cruz de Bolivia. Tierra de cambas y coyas, de ponchos rojos y la facistoide Juventud Cruceña. Todavía no sé con exactitud lo que me voy a encontrar en Santa Cruz. Punto clave del golpe civil contra el gobierno de La Paz.

Paso la noche en un albergue justo al lado de la principal plaza de la capital. Mientras desayuno unos trocitos de mango y café veo la televisión. Están informando sobre el diálogo de los rebeldes y el gobierno.

Los ciudadanos que me encuentro por la calle caminan cabizbajos, tristes, ¿será siempre así?, me pregunto. Apenas puedo obtener información, me evitan, contestan con evasivas y desconfianza.

Comienzo a indagar en distintos sectores de la ciudad para poder llevar a cabo mi objetivo de visitar la selva, el Parque Nacional de Amboró, la Ruta del Che. Frustrado y triste decido suspender estas visitas. Montones de piedra arena y árboles sitian la ciudad de Santa Cruz. Campesinos y cocaleros, presionan así a los presuntos rebeldes para que devuelvan los edificios e instalaciones ocupados a las autoridades centrales de La Paz… al gobierno.

Consigo llegar a la terminal de autobuses; está ocupada por los opositores, por lo que la venta de billetes y salida de los vehículos se hace en la calle, todo se asemeja a, un paisaje caótico. Realizo una foto y enseguida tres militares, ¿dónde estaban? me rodean, me exigen la cámara y el pasaporte, dialogo con ellos y manifiesto mis buenas intenciones, tras quince minutos se convencen, mis propósitos no encierran nada extraño ni delictivo, me dejan seguir el camino.

Abandono la terminal, bajo un sofocante calor, superior incluso a la marca del termómetro político. Media hora más tarde tengo en mi bolsillo un billete de avión hasta Sucre, la Ciudad Blanca. Tampoco voy a conocer la sinuosa carretera entre estas dos ciudades. Pero es la única forma de salir de esta ciudad sitiada. El interés arquitectónico y turístico es muy poco, son famosos sus anillos, viarios que hacen de circunvalación y que marcan el crecimiento de la urbe.

Me hubiera gustado estar más tiempo para dedicarlo en la visita a Techo Pinardi, este es un colectivo que trabaja con los “niños de la calle”. Una periodista zaragozana me puso en contacto con ellos, ella estuvo aquí más de un año, realizando un estudio sobre este problema, al llegar a Zaragoza publicó un libro sobre su trabajo.

En la plaza se celebra un acto lleno de discursos políticos, himnos y folclore boliviano en un intento de alcanzar la conciliación entre los distintos sectores económicos y sociales del Departamento. Ahora comprendo la apatía de algunos bolivianos hacia la política. Algunos dirigentes y representantes públicos parecen telepredicadores histéricos capaces de desconvencer a los ya convencidos.

Quiero señalar por último, que es mi deseo pasar página sobre los sucesos de estos días. Decía… que en la mayoría de los folletos turísticos valientes hablan de Santa Cruz como una ciudad superficial, un lugar donde se rinde culto al cuerpo, se práctica la diversión sin límites, donde se encuentran las mujeres más bellas; será porque las distingue del resto de la población boliviana… su piel rosácea. Puede que esto que afirmo ahora tenga algo que ver con una escena de la que fui cercano observador: una muchacha negaba su ascendencia indígena, en sus venas no corría sangre india, afirmaba rotunda, pero sus pómulos prominentes y su pelo lacio y negro la delataba. Muchos, muchas, niegan su condición étnica, no ésta de moda.

Oscurece, son las seis de la tarde, mañana veintiuno de septiembre entra la primavera. Aterrizo en Sucre. La ciudad está tranquila. La localidad más bonita de Bolivia con una altitud de 2 800 metros poco a poco me voy aclimatando al soroche, el mal de altura. Sus habitantes exigen que ésta recupere su capitalidad que en tiempos pasados perdió a favor de La Paz.

Sus edificios blancos dan el sobrenombre a la ciudad: la Prefectura, la Corte Superior de Justicia, la Alcaldía, la Universidad, una ciudad linda, como la llaman por aquí; y el cuidado parque Bolívar, uno de los lugares utilizados para celebrar actividades lúdicas.

La siguiente mañana la dedico en conocer uno de los barrios periféricos, sus puestos callejeros, mercadillos, antes había visitado el mercado Central y el campesino, éste último, más popular, es muy extenso y se expande por multitud de calles.

Los muros de la ciudad están repletos de pintadas y murales, a favor y en contra de Evo Morales; pidiendo la capitalidad, la autonomía, secuelas de los últimos enfrentamientos callejeros librados en la ciudad. En estos momentos, como ya he citado antes la ebullición política es altísima.

Este viaje es, va a seguir siendo muy especial, diferente, único, nada comparable a todos los demás. Las razones son varias, muy distintas entre sí. Dedico la noche a conocer, a admirar la ciudad iluminada, sus edificios más emblemáticos brillando sobre la oscuridad de calles y plazas.

Hay momentos que Sucre está inmersa en una fiesta continua, desfiles y bandas animan las calles, cualquier fecha es motivo de celebración. ¡Qué contraste!, unos kilómetros más allá, los bloqueos de carreteras y enfrentamientos civiles, dejan bien clara la división social que vive el país.

Comienzo a tener algunos síntomas producidos por el mal de altura, cansancio y cierta pesadez al caminar.

Visito la Casa de la Libertad en la plaza 24 de Mayo en Sucre, en este viejo y acogedor edificio se proclamó la independencia de Bolivia. Me llegan malas noticias, el Prefecto de Pando ha sido acusado de ser el autor intelectual de la muerte de treinta campesinos en su Departamento, estos realizaban una marcha a favor del gobierno. El Prefecto va a ser trasladado a Sucre para ser juzgado, los campesinos del MAS que apoyan a Evo quieren impedirlo bloqueando y sitiando la ciudad. Consideran que aquí los jueces serían más benignos. Esto impediría mi viaje hasta Potosí y Uyuni. Los acontecimientos me dejan muy preocupado, porque la travesía ya fue mutilada al principio, esto último seria dar un golpe mortal al viaje. El Salar de Uyuni es un viejo sueño que no me puedo permitir pasar de largo. Deseo con toda la fuerza que el bloqueo no se produzca.

El diálogo político mejora y comienzan a levantarse las barricadas instaladas en las carreteras. Rápidamente obtengo un billete de autobús hasta Potosí; la ciudad que enriqueció a media Europa con la plata obtenida en su Cerro Rico. Noto alguna dificultad para respirar, estoy a más de 4 090 metros de altura sobre el nivel del mar. Una urbe abandonada en parte, es cierto, pero me encontré con unas calles animadas y alegres, repletas de ciudadanos despiertos, nada que ver con Santa Cruz. Existen varias iniciativas para recuperar del olvido  una ciudad que durante siglos se la ha tenido marginada, en cuanto las minas de plata dejaron de ser generosas. Intento visitarlas al margen de las agencias turísticas, unos niños situados en la boca de la mina te la muestran por unos pocos bolivianos, pero un reciente accidente con un turista hizo que se prohibiera este tipo de visitas. Por lo que lo dejaré para mi regreso desde Uyuni.

Potosí es la capital más alta del mundo, esto se deja notar. La noche la paso con una ligera indisposición. Este trastorno no me impide proseguir mi camino hacia el Salar. A las siete de la mañana estoy encaramado a un bus que se dirige a Uyuni; casi siete horas por una pista de tierra y piedras, un paisaje agreste me acompaña durante todo el viaje, las llamas se asoman al camino, también pequeñas comunidades compuestas por chozas de adobe y paja, la miseria se hace patente. Al anochecer me apeo del autobús, rápidamente contrato un tour en jeep, me decido por el de tres días, esto me va a dar la posibilidad de conocer el Salar y el Parque Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. El frío de Uyuni me muerde; es seco, intenso, la dureza del clima se hace patente, también la claridad del aire, un lugar inhóspito. En el hostal donde pernocto no hay calefacción.

Después de visitar el cementerio de trenes, nos dirigimos hacia el Salar, está relativamente cerca. Como no podía ser de otra manera; me sorprende. Un inigualable desierto de sal sin fin que se pierde en el horizonte. Un lugar luminoso y fantasmagórico, un océano de sal de un blanco reflectante. Un yacimiento inagotable de 120 metros de profundidad. El lugar denominado la “isla del pescado”, recibe este nombre por su forma, está cubierto de cactus gigantes, algunos alcanzan hasta doce metros de altura.

Continuamos el viaje hacia el Parque Nacional, un maravilloso paisaje volcánico aparece ante mí. La laguna Hedionda, la laguna Verde… donde observamos centenares de flamencos; en sus alrededores viven llamas, vicuñas y otras especies de animales… gaviotas…, sí, sí, gaviotas. No hay que perderse el valle de las Rocas, el Árbol de Piedra. El desierto de Siloli es una zona yerma con extraordinarios paisajes rocosos, en él habita la vizcacha (una especie de conejo). Una planta muy curiosa que crece por aquí es la yareta, un musgo que se utiliza como combustible. También la “paja brava”.

El “sol de la mañana” es un lugar con una serie de fumarolas (géiser), cerca se encuentran las aguas termales, un bonito espacio para darse un baño. En sus alrededores puedo caminar por la superficie helada del lago. Alcanzó las líneas divisorias del desierto de Atacama en Chile y la frontera de Argentina. Puedo conocer algunos volcanes como el Tunupa, alguno de ellos expulsando azufre y vapor de agua.

He querido dejar para el final la descripción de la laguna Colorada…, su dimensión alcanza los sesenta kilómetros cuadrados, el rojo de sus aguas se debe a los sedimentos. Un paisaje marciano azotado por el viento y el intenso frío. Único, mágico. Difícilmente la olvidaré.

Me preparo para pasar frío en un albergue prehistórico, sucio y sin agua. Me equivoco respecto a la temperatura, ni siquiera debo utilizar el saco de dormir que alquilé en Uyuni. La habitación compartida se caldea con los agotados durmientes que la habitamos.          

Antes hemos cenado un plato típico boliviano “pique macho”, exquisito. Otra noche para guardar en la memoria es la que paso en un modesto y pequeño hotel de sal, absolutamente todo es de este mineral. La cama, las mesillas, las paredes, el suelo… como si de arena se tratará. Por mi ventana, se asoma un ocaso incomparable, los últimos rayos solares del día iluminan un paisaje único, virgen y salvaje.

Regreso a Uyuni los turistas…, los viajeros escasean, no son buenos tiempos para visitar Bolivia, la desestabilización política esta ahí, unas pocas personas pero muy poderosas manejan los hilos para provocar el caos, la división…

Rápidamente obtengo un billete de autobús hacia Potosí. Seis terribles horas me esperan en un destartalado vehículo, donde entra por sus ventanas el polvo del camino y el relente de la noche. La música a todo volumen, los olores, los baches, socavones sería mejor apuntar, y un imponente cielo repleto  de estrellas me acompaña. En estas interminables horas no consigo encontrar la posición adecuada  en mi desgastado asiento del autobús par dormir unos minutos. Ya son más de las dos de la madrugada cuando puedo introducirme en una cama, duermo placidamente durante varias horas.

Estaba informado sobre las minas del Cerro Rico en Potosí, pero mi incursión en ellas superó todas las previsiones. Puedo conocer en vivo las condiciones de vida, de trabajo… en las entrañas de esta montaña. En los tiempos de dominio español murieron ocho millones de indígenas, muchos fueron los motivos, obvios para todos. Durante dos horas recorro con una guía distintas galerías, enfundado en un traje de minero.

Puedo hablar y fotografiar a algunos de ellos, les ofrezco hojas de coca y refrescos. Antes de entrar me aconsejaron comprar estos obsequios, los mineros se muestran más hospitalarios de esta forma. Pude comprobar in situ como las vagonetas pasan a escasos centímetros de mi piel. En muchos tramos debo atravesar zonas inundadas de agua, respirar el aire viciado y gatear por pequeñas aberturas abiertas en la dura roca, mientras mastico hojas de coca. Las explosiones son frecuentes para arrancar el mineral, ahora estaño y poco más. La muerte de mineros es constante, en ello también influye el importante consumo de alcohol, sobretodo los viernes cuando se hace la ofrenda al Tío un importante personaje que ocupa un lugar  preferente en la mina.

Un apunte curioso, los cartuchos de dinamita se pueden comprar en las innumerables tiendas que se encuentran al pie de la montaña. Otro más, se dice que con la plata extraída del cerro se podría haber construido un puente desde América a España, esto es fácil de creer, si tenemos en cuenta que este precioso mineral enriqueció a miles de europeos situados en las clases más pudientes.

El edificio más famoso de Potosí es la Casa de la Moneda. Un museo compuesto por numerosas salas y corredores. Aquí se fabricaron las primeras monedas, en él podemos observar la distinta maquinaria utilizada.

Me alimento de forma alterna, unas veces comida europea, otras: boliviana. Extraño el pescado, no existe. Callejeo por la ciudad sin descanso, subo y bajo por sus calles. El barrio de los artesanos es una zona imperdible, como diría un potosino.

En algún lugar leí que Potosí es una ciudad fría, apagada, sin animación, lo primero no puedo negarlo, lo segundo es del todo incierto, a ciertas horas del día es imposible caminar por sus calles, plazas y mercados, sus ciudadanos se echan a la calles a charlar, comer, pasear o sentarse en uno de los muchos locales dedicados a Internet.

En algunos lugares de Bolivia se práctica lo que se llama “justicia comunitaria”, algo parecido a los castigos populares para reprimir los delitos, es precisamente en el Norte de Potosí donde más se actúa de esta manera.

El tinkuy también es originario de esta zona geográfica, es una fiesta dedicada a la Pachamama. En una especie de pelea con la que se quiere representar a la fuerte resistencia ofrecida a los españoles durante la conquista del continente.

Compro dos Whipalas, se trata de una bandera indígena muy significativa, en ella se muestran todos los colores del arco iris.

Los días se van sucediendo. Regreso a Sucre, después de visitar su coqueto, artístico e intimo cementerio; caminar por las calles de esta ciudad es como perderse en el tiempo. Preparo mi viaje a la localidad de Tarabuco con una importante arquitectura colonial, aquí todavía se mantiene la costumbre tradicional del baile del Pujilla, en estas fiestas participan miles de personas. Pero el principal motivo de mi presencia aquí es el colorista mercado de los domingos; los campesinos de la región lucen sus indumentarias e instrumentos musicales, en esta feria podemos encontrar casi de todo. Todavía funciona el trueque. Me intereso por las kapuchakeras, se trata de unas mujeres que preparan unas khoas, las cuáles se componen de una mezcla de hierbas y figuritas; el objetivo es traer buen augurio, suerte, trabajo… En sus calles también se ubican artesanos argentinos con sus objetos hechos a mano. El día esta frío y lluvioso.

Se rompe el diálogo entre Gobierno y oposición, las amenazas de bloqueo de carreteras calientan de nuevo el grave escenario político boliviano. En buen momento adquirí un billete de avión para regresar a Santa Cruz, de su aeropuerto despegará mi avión a España.

Este viaje tiene ya los días contados. Días intensos, repletos de emociones y sentimientos. He conocido paisajes de belleza insultante, pueblos enclavados en el pasado.

Un país convulsionado. Su historia con demasiadas páginas negras empuja con fuerza. Sus principales enemigos viven dentro y tienen unos siniestros planes: apoderarse de sus riquezas, de sus recursos, levantando muros, haciendo correr la sangre para perpetuar sus privilegios.

He visto también formas de vida estremecedoras. Pero lo mejor… los bolivianos íntegros defensores de su mundo con proyectos ilusionantes.

De nuevo Santa Cruz. Hace mucho calor. La gente sigue apagada, triste, hasta los niños están silenciosos. Escribo y escribo en el humilde cuarto de mi albergue, casi enmarcado en una pequeña selva. La melancolía me invade, por todo lo que dejo atrás. Dos tucanes revolotean delante de mi ventana, parece que se quieren meter en la habitación.

Qué frágiles somos ante las decisiones que provienen de personas a las que se les ha concedido cierta autoridad con capacidad de decidir sobre tu vida. Aunque ya había pasado por situaciones parecidas, lo que narro a continuación supera a todas. Después de afrontar con éxito cinco controles, los mismos que el resto de pasajeros del aeropuerto, en el último, me hicieron pasar a una sala privada, me palparon el estomago, detectaron dos bultos extraños en el mismo, el policía que realizaba esta exploración llama a otra compañera más experta para confirmar lo que estaba sospechando éste; ésta se suma a la decisión de su colega. Deciden retenerme el pasaporte y me someten a un interrogatorio, me comunican que van a realizarme una placa de rayos x sobre mi estomago y me trasladan a unas dependencias anexas al aeropuerto, quince minutos más tarde sale la funcionaria de un cuarto oscuro con cara de circunstancias y me informa que la foto no revela nada, todo ha sido un error, me pasa un documento en el que consta mi decisión voluntaria a someterme a la realización de la placa, me niego a firmarla, pues no me dieron opción a elegir. Llama a otro compañero, en su conversación advierto una amenaza…. Me dice que dos horas antes han detenido a otro español con ciento veinte cápsulas de cocaína en su estomago, y que se está sometiendo a un riguroso examen  a todos los españoles; en mi avión sólo viajamos cuatro o cinco como mucho.

Retrocedo en mis pretensiones y opto por dejar el asunto zanjado, firmo el documento (seguir hubiera sido un suicidio).

Mientras escribo estas líneas sobrevuelo el Pantanal, el Mato Grosso brasileño. Unas azafatas embutidas en prendas con dos tallas de menos a las que les corresponde, se sientan enfrente de mí, atravesamos algunas turbulencias.

 

Evo, los hombres-tierra, las mujeres-luna, los niños-caramelo y los hombres-rata.

Por Favio Dalostto.

 

Los hombres-tierra se volvieron hacia su jefe, y le preguntaron: "Comandante, ¿Quiere que expulsemos a los hombres-rata?". El Comandante miró el edificio de papel, y les dijo: "No. Los echará la historia". "Si quiere, podemos", insistieron las mujeres-luna. "No, queridas, los derrocará un relámpago", las contuvo el Comandante. Desde adentro, un grupo de hombres-rata, miraron asustados la muchedumbre, "¿Qué hacemos? ¿Huimos? Sería lo más conveniente", se consultaron. En la plaza de los mil colores, la humanidad de Tierra y Luna, aguarda la rendición del raterío, impacientes. "Tranquilos", dice el Jefe. "Nadie morirá Hoy".

"¿Somos muchos?", preguntan los niños-caramelo. "Somos Todos", les contesta el Comandante. "Las ratas no se rinden", se agita un campesino con sus ojos de barro. "El raterío resiste", se enoja una chapaca con su pelo de petróleo. "Caerán", sentencia el Comandante, y los demás asintieron. "Caerán", repitieron Todos.

El grano de pus, los opositores que infectan en el Congreso Nacional Boliviano, está por reventar. El corazón agrio de los enemigos de la Patria, se avieja y se endurece, debajo de la piel de la Bolivia Nueva. Evo aprieta el grano. Sabe que ya está maduro. Sabe que el tiempo se ha acabado, y que suave pero firme, ese grano debe salir hoy del rostro de Bolivia. Por eso aprieta y aprieta, pero no lo revienta.

Morales quiere que la infección se endurezca, coagule, se reduzca; sin que salga sangre (o la menor cantidad de sangre posible). Por eso, lleva su paciencia infinita hasta la exasperación. Por eso nos irrita. Quisiéramos que el Comandante avance con todo su poder, y sacando una espada corte el grano y lo arroje lejos, sanguinolento, herido de muerte. El Comandante no lo hará, derrotará a su enemigo sin un tiro, sin un muerto. Es el Comandante de la Vida. No puede igualarse a los Dueños de la Muerte. No puede Odiar el Odio. No puede vencerlos con sus mismas armas, porque sería uno de ellos. Sería un hombre-muerte.

 

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