La desaparición del Amazonas


La desaparición del Amazonas

por Fran Sevilla el 22 May 2008 | URL Permanente

LA DESAPARICIÓN DEL AMAZONAS

Hace 23 años sobrevolé por primera vez la Amazonía. Los ojos no podían despegarse de ese mar verde que, a vista de pájaro, se extendía ininterrumpidamente hacia los confines del horizonte. Desde niño siempre me sentí atraído por la región que llamábamos el Amazonas, ese río-mar, y las selvas que lo acompañan en su recorrido. Unas selvas que en mi imaginación infantil adquirían la categoría de mundo fantástico y mágico, en el que se escondían tribus desconocidas, tesoros insospechados, paraísos perdidos, peligros y aventuras diversas y una belleza sin límite.

De los lugares por los que he caminado y navegado en este mundo pocos tenían para mí una carga emotiva similar a la del Amazonas. Cuando me adentré en sus entrañas la realidad fue mucho más terrenal y dura de lo que mi mente había recreado siendo niño. No encontré tesoros ni tribus ni palacios envueltos en el verdor. Hacía calor por momentos axfisiante y miríadas de mosquitos lo devoraban a uno vivo. Y aún así, me siguió pareciendo un lugar mágico. La sobrecogedora soledad en medio de aquel laberinto verde, la belleza de los atardeceres reflejados en las aguas de los centenares de ríos y canales, el silencio en esa hora crepuscular que apenas dura unos segundos y sin embargo siempre parece eterno, los miles de sonidos que pueblan la oscuridad de la noche.

Durante estos años he sobrevolado la Amazonía en numerosas ocasiones. La última en estos días. Y cada vez que lo hago, descubro nuevas heridas, nuevas extensiones de terreno que han perdido su piel verde, surcadas por decenas de nuevos caminos y carreteras. Hace ya muchos años que la deforestación de la Amazonía es uno de los ejemplos más desoladores y vergonzosos de cómo nuestro planeta se va consumiendo. En los últimos tiempos es una auténtica catástrofe.

Desde hace unos años la vista de pájaro nos ofrece la imagen de inmensos campos roturados donde antes sólo había selva. Aunque no conozco informes o estadísticas, sospecho que buena parte de esos terrenos están ocupados hoy por cultivos para producir combustibles.

Se ha impuesto el nombre de “biocombustibles”, supongo que interesadamente para hacernos creer que son más ecológicos. Yo prefiero hablar de “agrocombustibles”, es decir, combustibles de origen agrario, de los que Brasil es el primer productor.

Hay una fuerte discusión sobre si el brutal incremento de los precios en determinados productos agrícolas tiene en parte su origen en la producción de “agrocombustibles”. En el caso de granos como el maíz parece evidente.

Mientras se discute si esa es o no una de las razones, millones de seres humanos en el mundo ven como se incrementa lo que parecía no poder aumentar, el hambre que llena sus estómagos y los de sus hijos.

Hay también debates sobre qué productos tienen un efecto perverso y cuáles no. Brasil defiende su producción argumentando que la mayoría del combustible que produce se extrae de la caña de azúcar. Y que no genera incremento en el precio de otros productos. Habría que recordar que en el siglo XVII la introducción del monocultivo de caña de azúcar en el nordeste brasileño y su sobreexplotación por compañías holandesas dejó convertida una de las zonas más feraces del Brasil en un erial. La tierra ya nunca se recuperó.

Estamos, por tanto, en un debate que, como casi siempre, es desigual. Hace poco se descubrió que las grandes compañías de energía, sobre todo petroleras que ahora invierten grandes cantidades en producir “agrocombustibles”, habían pagado campañas a supuestos expertos para que desmintieran a quienes daban la voz de alarma sobre lo que está ocurriendo. Mientras se aclara o no, comer es un lujo cada vez más inalcanzable para muchos, Los negocios siguen siendo negocio para unos pocos. Y la Amazonía, el Amazonas, va dejando de ser, poco a poco, aquel espacio mítico de mi infancia.

 

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