Bombas racimo


BOMBAS DE RACIMO

por Fran Sevilla el 31 May 2008 | URL Permanente

“No se mueva de la carretera” me decía casi a gritos, desde varios metros de distancia, mientras gesticulaba con grandes aspavientos, una mujer en una pequeña aldea del sur de El Líbano. Había temor en sus labios y en sus manos, había un gesto de abatimiento en su semblante. Lentamente caminé hasta ella por un pequeño sendero trazado desde esa carretera hasta la puerta de su casa. “Todo está lleno de bombas”, me explicó cuando estuve próximo.

Era cierto. Todo alrededor estaba infestado de bombas de racimo. Llevaba 48 horas sin atreverse a salir, ni permitir que lo hicieran su marido o sus hijos. Su vecino, Ahmed, había sufrido en carne propia, ajena pero más dolorosa que la suya, la carne de su hijo, el terrible impacto de ese fruto maldito. El niño, de 12 años, había salido al huerto poco después de un bombardeo y agarró del suelo un objeto, del tamaño y forma de una pelota de tenis pero oscura. Su cuerpo reventó con la explosión de aquel mortífero artefacto.

En los últimos días de la ofensiva sobre el sur de El Líbano, en agosto de 2006, el ejército israelí se dedicó a lanzar sobre toda la zona miles de bombas de racimo. Se trata de uno de los ingenios de muerte más terribles de los muchos que han sido inventados. Están dentro de las armas consideradas antipersonal, o antipersonas. Y efectivamente, van contra las personas, contra los seres humanos. Una cápsula, lanzada desde el aire o mediante un proyectil por la artillería, se abre a varios metros del suelo y derrama en un radio de un centenar de metros o más decenas de pequeñas bombas. Muchas estallan en el aire, o al contacto con el suelo. Otras muchas no estallan y quedan agazapadas esperando a la víctima propicia, casi siempre niños que agarran esos objetos impulsados por una curiosidad que para ellos acaba siendo fatal.

En Afganistán, durante la ofensiva estadounidense contra el régimen Talibán, la ONU pidió a Washington que dejara de lanzar paquetes de ayuda humanitaria (no las bombas de racimo). Unos paquetes de color amarillo. Era el mismo color de las bombas de racimo lanzadas por su propia aviación y centenares de afganos, sobre todo niños, agarraban aquellas cargas mortíferas pensando que dentro iban a encontrar un puñado de alimentos. Pero su contenido tenía poco que ver con lo humanitario. Pude ver a varios niños que milagrosamente habían salvado la vida tras recoger alguno de aquellos objetos. Habían quedado terriblemente mutilados. La mayoría no sobrevivió.

No deja de ser significativo que Estados Unidos e Israel hayan rechazado firmar el proyecto de Tratado Internacional contra las Bombas de Racimo, que debe firmarse en diciembre en Oslo. Ellos las han utilizado con profusión. También lo rechazan otros países en los que el concepto de derechos humanos o de justicia brilla por su ausencia como China, Rusia o Pakistán.

Es un alivio pensar que España haya decidido apoyar el nuevo tratado y deje de moverse en una hipocresía obscena. Mientras desde el gobierno se defendía un amplio concepto de los derechos humanos, se autorizaba la producción por varias empresas españolas de esos artefactos que sólo sirven para sembrar muerte, muerte casi siempre de gente indefensa, de inocentes, como la mayoría de las víctimas en nuestro mundo moderno. Se negocia con la muerte y los beneficios están en proporción directa al número de víctimas.

 

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